La vendimia


 “Acarreaores y abarandaores”

Ha desaparecido del paisaje otoñal de Villarejo la imagen de los acarreaores, que, con paso decidido, conducían por las empedradas calles, las caballerías portando a los lomos dos pesadas banastas con la uva recién cortada en la viña; y la de los abarandaores con sus velludos brazos desnudos y la pechera empapada en mosto apurando unas rápidas caladas en el dintel de la puerta.

En una vendimia cualquiera, un día más de primeros de otoño.  Cuando la uva chorrea y el caldo pega los dedos”. O, “Cuando buenamente podemos contar con la gente”.

 El dueño ha juntado una cuadrilla de mujeres y hombres, quizá algún niño, la mayoría de forma altruista otros por trueque de jornadas y quizá alguno por un exiguo jornal. La cuadrilla de cortadores se dirige a pié a la viña que encabeza la lista. –Por la mañana haremos las Ondarizas y las Barranquillas y por la tarde el Calvario y la Cabeza el Cochino, para mañana dejamos los Lomos, la Puentelapiedra y la parte de acá -, había dicho taxativo el dueño a la salida de casa.

 Endereza la dolorida riñonada el vendimiador con gesto retorcido y limpiándose los hocicos con el revés de la mano endilga el vino de la bota por la rendija que deja entre sus dientes al entreabrir la boca: ¡¡Cagüen soss, qué poco da este espiche!!. Limpiándose de nuevo con la mano el sudor de la frente levanta el “cobanillo” , repleto de uva, hasta su hombro izquierdo para vaciarle en las banastas que, ordenadas por parejas, esperan en el cargadero. Un vendimiador más joven llega con otro “cobanillo” que, con muestras de gran alivio, vierte sobre la misma banasta. – Pon la emboza a las banastas, pero no hace falta que las mezas porque ya se zabuquea bastante la uva en el camino -, dicta el más veterano al menos avezado. –¡Descansad un poco y echad un trago! -, grita el dueño al resto de cortadores, -Las banastas están llenas y hay que  esperar al acarreaor- . Todos sueltan la herramienta en la cepa y se quitan el sombrero para limpiar de sudor su erguida frente. Unos aprovechan para encender un cigarrillo, otros dedican alguna broma a quien tienen más a mano y alguno recuerda las vendimias pasadas: -¿Os acordáis como cacareaba el año pasado?. A mí me gustan las vendimias con sol, que se pegue bien el mosto, así sale buen vino como este año-. -La vendimia requiere calor y moscas como los toros- apostilla otro. Las botas de vino saltan de mano en mano al ritmo de tragaderas resecas y de silbantes chorrillos.

Al acarreaor le ayudan dos de los jóvenes de la cuadrilla a cargar: -Solo quiero que me sujetes el tercio y me pases los lazos por el ventril para hacer la somosta, luego la sobrecarga la echo yo-, asesora al más joven, -Tu me ayudas a echar las banastas arriba-, le dice al otro que aparenta más fornido. Arrea las mulas con un golpe de ramal e inician  el traqueteado camino hacia la bodega, y  ... vuelta a empezar.

            El abarandaor fuma sentado en el banco de piedra de la puerta ojeando inquieto el lugar por el que aparecerán, ineludiblemente, las dos caballerías con otras tantas cargas de uva. –Parece que tienes poco trabajo, estarán lejos ¿no?-, le espeta guasón el vecino que pasa. – Ya me han traído dos viajes esta mañana y con dos mulas acarreando-, se vanagloria. El acorde de unos cascos recién herrados le activan de nuevo. Sujeta con el hombro y una mano la banasta de su lado mientras con la otra desata las sogas y apoyándola en el pecho la baja al suelo. -¿Queda mucha uva en esa viña?-, inquiere perspicaz. Con una risilla picarona el mulero replica: - Me ha dicho el amo que no quiere ver rugajos en las tinajas-. Mientras  el acarreaor recoge banastas vacías, las carga y sale arreando a las dos mulas, el abarandaor ha volcado una en la baranda y comienza con energía a desplazar a brazadas los gajos de uva sobre la urdimbre de cáñamo, cayendo el mosto y el hollejo al artesón y surgiendo descarnados los esqueletos de los racimos sobre las cuerdas. Al término de la encomienda el artesón rebosa de caldosa mezcolanza y sobre la baranda solo queda un montón de “rugajos”. Le queda por vaciar el artesón de su liquido elemento y para ello se vale del “portamostos” que una vez lleno con el cazo de hierro va llevando al hombro hasta el brocal de la tinaja, al que accede por una escalera de madera. –Ha dicho el amo que va a llenar esta  de veinte cargas y esas dos de quince y de diez-. Por lo tanto para sus cuentas le quedan por “abarandar” treinta y nueve cargas. Rápido recoge los rugajos a brazados y los lleva a un montón tras de la casa. Se lava los brazos en la pila del portal, enciende un cigarro y  sale a la puerta”.

Terminada la jornada la cuadrilla se reúne en casa del dueño a merendar. Comentando las vicisitudes del día  hacen bajar el nivel de la jarra y subir el volumen de las voces y las carcajadas.

                                                                                                                                  Fernando Rey  M. 2012